30 agosto 2009
Anhelo que cosas las
intentan ser bien sencillas:
los besos // la sinceridad
la revuelta
el incendio infatigable
en las calles
que reclamamos como propias
como cuando pequeños admirábamos
pequeñas llamas.
El abrazo que me das
para reconocerte en mí.
El abrazo que te doy
para descubrirnos
en un mismo gesto.
11 agosto 2009
Consideración Nº 2
a punta de fusil o enterrados bajo palabras
buscamos
en el pasado // en el presente
al menos una victoria.
28 julio 2009
Confluencia
Tenía olor a pastillitas “La Yapa”. ¿Te acordás? De esas que comíamos cuando éramos chicos, sabor tutifruti. Era cuestión de segundos, desde que tocaban la campana del recreo, para que corriéramos en busca de la preciada golosina en el quiosco que tenía la escuela y que, además, atendía tu papá. Te cuento ésto porque, como ya dije, ella tenía ese olor y me fue imposible no evocar nuestra infancia.
Pidió un cortado, sin la consabida medialuna. Me sonrió. Al rato volví con mi bandeja y el cortado; sentí una vez más su aroma y cerré los ojos buscando, aunque no sé aún qué buscaba, quizá otra imagen tuya de aquellos años. Ella me agradeció, “no hay de qué”, dije; el recorrido desde su mesa hasta el mostrador se me hizo eterno.
Sucesivamente llegaron Patricio y la Gringa, el gordo Gurevitz, tres -o cuatro- tipos de la barra de Central (pidieron leche) y por último Francisco. Yo seguía mirándola.
El recién llegado me palmeó la espalda -“¿qué hacé´, gurí?”- Luego comentó algo acerca del Parque España; era un tema de suma importancia, o por lo menos eso parecía. Todo lo que decía Francisco lo era, o él lograba ese efecto a fuerza de entonación.
Pero yo seguía mirándote, es decir, mirándola, y mientras las palabras de Francisco flotaban preocupadas recortando pedazos de mundo (conflicto, justicia, escombros), a mí se me imponía otra realidad, la tuya (niñez, juegos, caricias), que lentamente se superponía sobre mujer, cortado, sonrisa, olor a vos.
De pronto fue como si la explosión hubiese sucedido en el mismísimo recoveco de ese recuerdo, entonces ví cómo buscabas refugio detrás de una mesa y yo, que hacía lo mismo detrás del mostrador, recordaba la primera vez que -ya con unos años más a nuestro favor- nos metimos a escondidas en el quiosco de tu papá (tu viejo, como vos decías).
Francisco corrió a tu lado y te ayudó a llegar a nuestro improvisado bunquer. Yo, por mi parte, apartaba algunas cajas de chupetines para que pudiesemos sentarnos. Los tipos de la barra se habían ido. La directora de la escuela también. El primer beso fue en el cachete, lleno de vergüenza y olor a tutifruti. El segundo no tardó en llegar y así se sucedieron, al igual que los estruendos, sonidos lejanos -y no tanto- de disparos y explosiones. El piso retumbaba, Patricio se apuró a trabar la puerta. Verónica sollozaba, le alcancé una servilleta pero ya había usado su delantal de moza. Los cocineros no daban crédito a sus oídos y la jefa se desmayó no sin antes dar una orden que nadie pensó acatar. Yo metí la mano en tu corpiño y sonreí al notar que tenías las orejas coloradas. El gordo Gurevitz empinó un trago de ginebra y Pato lo imitó, la botella pasó de mano en mano y cuando llegó a mí se la pasé de inmediato a la Gringa; tenía tu mano dentro del pantalón de vestir, ya no sabía dónde estaba mi delantal ni qué era lo que Francisco intentaba explicarnos.
Te escuché decir que tu nombre era Claudia y que estabas de paso por Rosario. Cuando salimos del quiosco te pasaste una mano por el pelo -gesto predecible-, luego bajaste la escalera y te dirigiste hacia el portón del frente, no te seguí. Francisco insistió en su exposición, pero no fue hasta que pronunció la palabra “salir” que comprendí lo que realmente significaba, con toda su fatalidad.
Un rugido de pólvora se escuchó cercano y el crujir de una vidriera fue nuestra señal de alerta. Era evidente que “la columna” (como decía Francisco) avanzaba a paso seguro y que era inexorable su pronta llegada. La Gringa los mandó delicadamente a la puta que los parió. Entonces corriste decidida hacia la puerta, aunque era Claudia; Francisco te ayudó a desarmar la pequeña barricada que nos impedía salir y otra vez esa palabra me heló el cuerpo.
Cuando por fin estuvimos afuera el Gordo se tambaleó, la ginebra y la brisa de río hicieron su efecto. Pato lo sostuvo por el brazo y, como si fuese ese gesto el que nos movilizara, comenzamos a recorrer la desierta Avenida Belgrano -por el centro mismo de la calle- tomados mano con mano, simulando ser una sóla criatura.
Las bombas tronaban a nuestras espaldas así que ensayamos una carrera aún más veloz. El peligro acechante y la incertidumbre de a poco iban ocupando todos mis pensamientos; llegado un punto me sentí El Eternauta intentando sobrevivir a una amenaza por el momento invisible, desconocida. Me reproché no haber escuchado las teorías de Francisco pero ya era tarde para eso y, por lo demás, vos seguías ahí, presente, al igual que Claudia tomada de mi brazo. Recorrimos así unas cuantas cuadras, vimos personas huyendo, o eso creímos que hacían, en direcciones diversas. Todo parecía convulso, fuera de su lugar habitual. Tuvimos miedo.
Nuevamente pensé que nuestra novísima situación de supervivencia correspondía a un guión de Oesterheld, pero por más esfuerzo que hiciera ninguno de aquellos rostros se parecía al de Germán. La nieve de Los Ellos cubría mis recuerdos.
Fuiste vos, nuevamente, la que irrumpió en ellos disipando la nevada, el misterio. Te ví en el frente de tu casa en Saladillo, sentada en un cantero con flores (nunca supimos cómo se llamaban). Recordé que te había visitado para pedirte un libro o para verte, simplemente. Dijiste que lo tenías, que era de tu viejo, que él leía mucho a Bioy. Años después, en esa insania de gente alborotada y desventuras callejeras, pensé que todo eso bien podría haber sido un capítulo de Diario de la Guerra del Cerdo, con lo cual Adolfo y Germán estrechaban sus manos en amistoso gesto.“¡Esto es una guerra!”, dijo la Gringa y las palabras una vez más amalgamaron ambas realidades.
Aquel día discutimos; entre mate y mate me decías no sé qué cosas del trabajo y luego: explotación, desigualdad, oprobio, entre otras muchas palabras y yo te respondí otras tantas que no alcanzo a rememorar. Luego entraste a tu casa, con enojo y con portazo. Al otro día apenas me saludaste mientras cantábamos la marcha a la bandera de todas las mañanas. Tu disgusto duró varios años, aún lo lamento, aún puedo sentirte cerca con tus orejas coloradas y el pelo enmarañado de aquella vez. Siento ese olor a pastillas con gusto a despedida y me figuro que en cualquier momento te veré caminando por calle Buenos Aires, subiendo la cuesta, repitiendo los pasos que nos unieron en la puerta del Municipio para admirar, juntos, las llamas.
[22-Febrero-2009]
14 julio 2009
12 julio 2009
Reflexionante
I.
Siempre después del golpe
sobreviene la reflexión,
es entonces cuando se plantea:
"¿habrá sido necesaria tal herida?"
II.
La barricada va en la calle
entre nosotros y el enemigo
no en nuestros corazones
germinando trincheras de a uno.
III.
Helado quedé
cuando supe:
otros hay
que sienten lo mismo que yo.
IV
Una reflexión
es más que la suma
de un reflejo y la acción,
más bien es todo lo contrario.
29 junio 2009
Frente a la tempestad
Aquellos minutos amargos
que ahorcan el cuello latente
del siervo
con sus pequeñas manos,
que son miles y son humo,
acarician también a quien se arrodilla.
Ahora alcanzan su apogeo
y rien
a carcajadas innobles
porque saben muy bien
que pertenecen a otro tiempo
del cual les fue posible escapar.
Un tiempo en el que los cuellos
no doblegaban sus esfuerzos
al plantarse abiertamente
frente a la tempestad.
17 junio 2009
Canto I
Canta, oh niño
que juegas alegre al aire libre,
la cólera del puño que tu brazo porta
y cómo, luego que tu mente buscó solución
en las reglas y estructuras, en los hábitus civilizados,
dio aquel febril golpe al tablero
abriéndote paso, valiente, hacia la plaza de frondosos árboles.
Niños, que aún duermen apacibles
sin contemplar futuros juegos,
escuchad atentos el ejemplo;
sus puños os permitan destruir
el luctuoso tablero
que esclaviza sus miembros a la mesa
y a tal yugo se vieron sometidos
generación tras generación.
Haya, pues, hermosa libertad en su tierra
al despuntar la Aurora.
19 abril 2009
Llanto
Recordé a mis amigos;
pensé en ellos,
en cómo lloran
cuando están solos.
Después encontré una lágrima
y descubrí que también yo
estaba solo.
Cuánto de cierto tendrá
y cuánto de consuelo,
esta sonrisa al final
de un recuerdo.
15 febrero 2009
Extrañamiento
Sentir a todas horas
la urgencia de estar en otra parte
la indefectible seguridad
de que en esa imposible lejanía
estos brazos serían más útiles
incluso necesarios
o simplemente brazos
es, tal vez, la alienación llena de nostalgias
de quien se encuentra lejos de sí.
05 noviembre 2008
Muerte de la Idea
Asoma furtiva
un ojo fuera del ataúd
piensa en volver
saca un pie un paso adelante
una vez más es fusilada
y en la basura yace
no temas amigo no pierdas el rumbo
algún día les ganaremos de mano.
Otra voz canta
Dicen que ahora viven
en tu mirada.
Sostenlos con tus ojos,
con tus palabras;
sostenlos con tu vida
que no se pierdan,
que no se caigan.
Escucha, escucha;
otra voz canta.
[Circe Maia]
y aún no te conozco
¿Quién sabe cuántas penurias?
¿Cómo entender una ausencia tan cruda y repentina?
No te conozco pero te recuerdo
como si hubiésemos nacido juntos.
Será por eso que tengo grabada una sonrisa,
abrazada a la memoria
se sostiene con fuerza
tal vez por temor a que
se la lleven también.
ahora que escribo ésto
-sin lapiz a mano-
pienso que es un resguardo
para que aquello no ocurra
para que en ese recuerdo crezca
un pedacito de identidad
que cultivo
ahora que tu nombre es reemplazado por un número.
Han pasado tantos años
y amanezco hoy.
Como si esperara otro comienzo,
me alegro;
saludo a la sonrisa que se acerca
con otras hermanas, las recibo.
Y aunque sé que a pesar de todo
siguen firmes
no puedo evitar sentir cierta nostalgia
y me configuro sonrisa,
me replanteo un gesto simple.
Luego viene a mí
quien no es una sonrisa
ni siquiera una mueca.
Lo sé bien,
hace tiempo la conozco
y aún así no aprendo, niego aquello que quiere enseñarme.
Avanza.
No siento miedo.
Mi victoria no radica en ese cuerpo ajeno
que alguna vez fuí.
En la sombra del habitáculo
recuerdo a mis compañeras
por ellas resisto.
23 septiembre 2008
Primer paso
Imagina tu vida
al pie del cañón
respirando cada vez
como si fuese la última
antes que una bala caliente
atraviese tu pecho.
Que nuestras voces formen las armas
Con la punta de su dedo
sostiene un grito
y yo en la ventana
no hago más
que pensar en esa reserva,
como si pudiera remediar el silencio
con una idea.
Hacia el exterior
una mirada, la mía.
Hacia el interior
un sonido que no fue.
Cuántas palabras deberán morir
antes que una encienda la hoguera.
La pureza de contenido
A grandes actos nos atenemos
somos quienes a la vera del relato
cocinamos armaduras y sonrisas
para que cada pequeña niña
reciba su ración de anhelo.
Y es ahora cuando la sangre
se desdice de su arteria
dejando el surco vacío y mudo
reclamando justicia.
Pero es que la pureza de contenido
se destruye a sí misma
y no hay más que este camino seco
y unas cuantas gotas de lluvia.
